Dejad que los niños se acerquen a mí (en verano)


(Por petición de la gente de Ártika he eliminado las fotos y los vídeos donde aparecía haciendo actividades con los niños. Parece ser que algunos padres han encontrado extraño ver públicamente esos documentos donde aparecen sus hijos, por motivos de protección al menor y demás. Los progenitores habían dado su visto bueno para publicar las imágenes en la web del ayuntamiento de Santomera, pero no en otros sitios. Así que nada, pues los elimino y listo. Pero a veces parece que llevamos un poco lejos el celo por estos asuntos. Aún así me resisto a eliminar el relato de ese día maravilloso porque me encantó la experiencia con los niños).

 

Los niños son maravillosos. Sobre todo si son de otros. Yo me encontré de bruces con unos 15 hace una semana. Al segundo día de llegar de Granada a mi pueblo recibí una llamada de mi prima Jessica. Me decía si quería acompañarla al día siguiente a la escuela de verano con la guitarra, ya que ella está de monitora, los niños son muy revoltosos y un poquito de música en directo nunca viene mal. Al día siguiente llegué al colegio a primera hora de la mañana con unas pintas más propias de una rave en el Sacromonte granadino que de una escuela de verano, pero es lo que hay amigos. Yo iba con la idea de tocar un par de canciones sobre animalitos y hala, para casa.

Una vez con todos los monitores las caras de agobio de los chicos de Ártika me indicaba que algo no acababa de funcionar. Me miraron y preguntaron a mi prima: “¿y éste quién es?”… una vez desvelado el misterio de mi presencia quasi pordiosera por esos lares me dijeron que esa misma mañana uno de los monitores se había puesto enfermo y había una clase sin ningún responsable. Concretamente la de 9 años, y una de las más concurridas. Si quería atenderlos esa mañana yo eran todos míos. Y bueno, claro, una vez que estaba allí no iba a decir que no… así que allí que me fui.

Al principio no me costó demasiado ganármelos, ya fuera sólo por la curiosidad que despertaba en ellos, porque era nuevo y no me conocían, por las pintas de arrastradillo y por la guitarra. Empezaron a insistirme para que tocara la guitarra, se corrió la voz por el resto de clase y de repente me vi con un puñado de chiquillos de otras clases en la puerta pidiéndome que tocara la guitarra. Ahí tuve que recurrir al chantaje y les dije a todos que si se portaban bien, trabajábamos a gusto y después lo dejábamos todo limpio, como premio en el recreo tocaría un poquito, y no sólo eso sino que todos podrían trastear un poquito con la guitarra. Así me guardaba un as en la manga para hacer que la clase fuera funcionando. Como era una de las clases más numerosas y más revoltosas enseguida pasó Paqui, una monitora de refuerzo, y estuvo conmigo hasta el final de la jornada. Aún así todo el trabajo se nos antojó exhausto. Era imposible callarlos: gritando, saltando, llorando (“mejtro, que fulanito o menganita me ha tirado la goma/mirado mal/robado las tijeras/etc.”), saliendo al baño cada 15 minutos.

En en recreo me fui con toda mi clase debajo de un árbol a tocar la guitarra. Pasé un poco del resto de monitoras, pero es que se lo había prometido a los niños, y todos los días me relaciono con gente de mi edad, pero no siempre tengo la oportunidad de tratar con 20 niños que además hasta cierto punto me prestan atención y puedo dialogar con ellos. Les toqué El lince Ramón de Kiko Veneno y Leãozinho de Caetano Veloso, así me daba pie para hablar de animales, medio ambiente, y con la de Caetano, de idiomas, viajes. No tuve mucha oportunidad porque sobre todo los niños estaban sólo interesados en agarrar la guitarra y aporrearla un poco. Las niñas estaban más atentas y escuchaban con interés. Incluso uno de los niños se atrevió y tocó varias canciones a la guitarra. Después volvimos a subir y me metí de lleno con ellos en los juegos. Acabé empapado de arriba a abajo porque les dió por mojarme y con la cara y la ropa llenas de purpurina y pintura de manos. Parecía yo el más pequeño de toda la clase.

Aún así (o precisamente por eso) me lo pasé genial y provocó en mi una energía brutal. Me llenaban de energía y al mismo tiempo me la absorbían toda. Pero ese movimiento era maravilloso, hasta el punto de pensar como tantas otras veces si no me he equivocado de carrera y si no tendría que haber estudiado algo más social. Vale que profesor de español para extranjeros en cierta medida es social porque se trata de educación, pero no es lo mismo para nada. Las necesidades de las personas con las que tratas son totalmente diferentes y los beneficios que te da el trabajar con niños y niñas pequeños no tienen precio.

Salí de allí totalmente echo polvo, pero feliz, lleno del cariño puro y sencillo de los niños, con pequeños destellos de lucidez al creer haber visto ya en ellos actitudes que explican muchas de las acciones de los adultos. Y con un poquito de envidia por no poder regresar a esa edad de la inocencia y volver a descubrir todo de nuevo, a equivocarme una y otra vez de nuevo, a llorar y emocionarme por todo como la primera vez. Pero como no puedo regresar en el tiempo, sí que puedo tomarme más la vida como un niño y que se pare el mundo a mi alrededor si quiere. Ayer mismo me pasó, me pasé la última media hora del concierto de Rokia Traoré riendo a carcajadas simplemente de pensar lo fabuloso que era estar allí viendo aquel espectáculo y después, una vez acabado, me pasé unas dos horas diciéndole a todo aquel con el que me encontraba que fue increíble, que estaba en una nube y que había sido una suerte asistir a la fuerzas africanas que desató esa diosa de ébano sobre el escenario. Como si fuera un niño que va a su primer concierto.

Una respuesta a Dejad que los niños se acerquen a mí (en verano)

  1. beryl dice:

    y tanto que chupan energía… son vampiros :D

    “actitudes que explican muchas de las acciones de los adultos”. sería bonito que explicaras un poco más :)

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