La maldad humana absoluta


Otra vez la casualidad ha querido que caigan en mis manos dos obras maestras que sin saberlo tenían y tienen mucho que ver entre sí. Esta vez han sido los dos últimos libros que he leído. Por un lado, Maus: relato de un superviviente, de Art Spiegelman, y por otro, Estrella distante, del genial escritor chileno ya fallecido, Roberto Bolaño.

Portada de la última edición española de MausMaus es un libro del que había oído hablar y que sabía que tarde o temprano acabaría leyendo, por la curiosidad que despertaba en mí el hecho de que sea el único cómic que ha ganado el premio Pullitzer (lo que hace el buen marketing). Se trata de un cómic (más bien una novela gráfica) en la que el autor cuenta con minuciosidad la experiencia de un judío polaco durante la ocupación nazi a través de las vivencias de su padre. Lo que se ve en películas de Hollywood como La lista de Schindler o El pianista se queda en un cuento de hadas si lo comparamos con muchos pasajes de este cómic, donde muestra mil situaciones vejatorias, patéticas y de torturas por las que pasa el personaje, el padre del autor, que salva su vida por pura casualidad, sin que lleguemos a entender cómo lo consigue. Es realmente espeluznante ver hasta donde puede llegar la maldad humana. Este cómic hace que te plantees muchas cosas sobre la vida, la muerte, la crueldad pura y absoluta del ¿ser humano?, y no sólo eso sino que hace que revises mil prejuicios (buenos y malos) que tenemos sobre los judíos y otras cuestiones de la historia mundial moderna. 

Pero además, y tal vez lo que es más novedoso y estremecedor para mí, el autor intercala una y otra vez escenas de la relación personal que tiene con su padre. De hecho todo el cómic se sustenta sobre esa relación: el autor, hablando con su padre, se preocupa e interesa por su ascendencia, la historia de su familia y cómo sobrevivieron al nazismo. Art Spiegelman aparece en el cómic desde la primera página, y lo va desarrollando con escenas en las que aparece hablando con su padre, cuaderno de notas o grabadora en mano, mientras éste le relata la durísima experiencia vital que sufrió, todo ello aderezado con escenas familiares a las que a veces da un poco de vergüenza asistir. Pero todo eso es lo que humaniza más el relato, lo vuelve más cercano y es cómo consigue atarte a él. Cuando acabó el libro sentí que quería seguir exponiendo mi mente a todo lo que me brindaba, para que pusiera a prueba mi capacidad de análisis, de empatía, de comprensión. Muy recomendable, la verdad.

Se presenta en blanco y negro, con unos dibujos muy toscos, en los que destacan las figuras lánguidas y escuálidas de los ratones sobre fondos duros y oscuros. Y es que aquí los personajes son animales: los judíos son ratones estilizados, los nazis son horondos gatos de afilados colmillos, los suecos son renos, los estadounidenses son perros y los polacos son cerdos (saquen sus propias conclusiones). Por ejemplo, a mí me ha causado bastantes dilemas morales el que identifique cada nacionalidad con un animal, y que incluya por lo tanto a los judíos como estatus de nación, identificándolos con ratones. Por ejemplo, los alemanes y polacos, ya sean nazis, colaboracionistas o simples almas en pena que sobrevivieron al Holocausto como pudieron, están siempre representados por el mismo animal, gatos y cerdos, sin distinciones. El autor no considera de ellos más que lo que se supone que pone en sus pasaportes.

Hay una escena que me chocó muchísimo, y que no cesó de hacer run run en mi cabeza mientras leía el libro, y creo que está puesta a propósito para causar en el lector este tipo de preguntas. En dicha escena, el autor no sabe cómo dibujar a su mujer, que es de nacionalidad francesa, si como un alce, una rana, una coneja, una perra (por dios qué connotaciones que tienen estos dos animales en femenino), y su mujer se enfada, no sé si con más o menos razón (¿porqué reivindicar tu condición de ratoncita?), porque se siente discriminada. Al final decide dibujarla como un ratón porque ella se acabó convirtiendo al judaísmo para contentar al padre del autor, la fuente de todas las anécdotas del cómic. Yo, que no sé a qué le tengo más tirria, si al separatismo al que nos llevan las religiones más mayoritarias o al separatismo al que nos llevan la defensa de las supuestas razas superiores y naciones ancestrales, no pude evitar sentir pena y tristeza al ver cómo el autor, que sabe lo que es sufrir discriminación por cuestiones religiosas, hace ya de por sí en la génesis de su obra una discriminación con la religión como base (o como dice Jorge Drexler, cantante uruguayo judío que es mi pura debilidad: “no hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido). Aunque hay que reconocerle que esa división da mucho juego desde el punto narrativo (es muy curioso ver cómo dibuja a los judíos que se hacen pasar por polacos o alemanes). En fin, allá cada cual con sus creencias.

Y claro, mi mente que funciona un poco como los enlaces de la Wikipedia, relacionando constatemente cualquier cosa que por muy lejana que sea la relación que tienen, al leer Maus no pude evitar pensar en un célebre ratón creado por un dibujante un tanto antisemita. Me refiero, por supuesto, a Mickey Mouse, y a su autor, Walt Disney. Y es que a otra cosa que le tengo bastante tirria (estoy “tirrioso” hoy) es al mundo fantásticamente ñoño hasta la saciedad que nos han vendido tradicionalmente las películas de esta factoría. Será por todos los traumas que acarreo de la infancia después de haber consumido “hasta el infinito y más allá” toda la filmografía de Disney. Aunque he de decir que la que más me gustó fue la que es para mí la primera película Disney de la modernidad y que empezó a marcar un cierto cambio en el enfoque de las películas: El rey león, ains, con ese Timón y ese Pumba. Soy así de simple, que le voy a hacer. De hecho, hay una cita en Maus, que precede la segunda parte de la historia, extraída de un periódico nazi, en la que se critica duramente a Mickey Mouse y “la animalización judía del pueblo”. Y yo creo que por joder, así, Art Spiegelman se decidió por los ratones a la hora de representar a los judíos, como una manera de reivindicar ese logro de Disney.

En este vídeo se ve cómo Walt Disney rentabilizaba los recursos de sus películas, un corta y pega de los de antes. Qué morro.

Bien, pues en ese momento tampoco pude evitar acordarme de un dibujo de Miguel Brieva, un dibujante extraordinario con un humor bastante cabrón y surrealista, que me recuerda a Elroto, que nombra a Tom Zé como una de sus influencias, que publica sus viñetas desde hace no muchos años en El jueves, y que yo descubrí gracias a la película Astronautas (2003) de Santi Amodeo, en la que Nancho Novo encarna a un yonki que trata de dejar atrás su adicción, y que además de poeta es dibujante. Me gustaron tanto los dibujos que vi en la película que quise saber de qué mente y qué manos brotaban. Todo ello dio como resultado en la compra de una antología llamada Dinero, en la que cada página te sorprende más por su humor negro fuera de prejuicios. Una de las viñetas que más me gustaron fue precisamente una dedicada a Walt Disney y a su gallina de los huevos de oro, que no es otro que el ratón Mickey. Aquí tenéis la viñeta y la transcripción de lo que le dice el ratoncito a su progenitor:

Mickely Mouse y Walt Disney, de Miguel Brieva

Un poeta habla con una de sus creaciones…

“¿Qué opinas de esto, Walt?… he estado leyendo últimamente, ¿sabes?… hay gente que dice que eres el mayor pervertido del siglo XX y un auténtico terrorista ideológico, que has contribuido al embrutecimiento de los niños de todo el mundo con tu viciada antropomorfización del mundo animal y su relamido amaneramiento cursi hasta la náusea, que tan sólo te ha interesado generar un imperio empresarial a costa de una manipulada noción de la fantasía sin reparar en los costes psicológicos de los consumidores y apropiándote del trabajo de tus empleados y colaboradores… ¿y sabes una cosa, Walt?… pues que estoy totalmente de acuerdo con los que dicen todo eso… me da pena por ti, pero…”

En realidad el tierno Mickey tan sólo está reproduciendo una tesis del periodista y escritor Rafael Sánchez Ferlosio, quien afirma que Disney es el mayor terrorista del siglo XX, y que Miguel Brieva hace suya (y en este caso, del ratón). Aquí el relato de lo que pasó cuando Brieva dijo públicamente que detestaba a Walt Disney.

Nunca había leído nada de Roberto Bolaño, pero siempre me había atraído muchísimo su figura desde que supe de su existencia al final de Soldados de Salamina, donde si no recuerdo mal, el autor del libro va hasta la casa del escritor chileno en Blanes para intentar indagar un poco más en sus pesquisas. Ese libro me lo envió por correo durante mi beca Erasmus mi amiga poetisa (y un gran etc.) Violeta, y aunque no me gustó demasiado, al menos me abrió la curiosidad por Bolaño. Después de eso tan sólo recuerdo haber leído en internet dos o tres entrevistas que después guardé y releía de vez en cuando. Me atraía su cinismo, su humor negro, lo culto que parecía ser y la manera desapasionada e incrédula en que respondía las preguntas del entrevistador. Poco después, justo el día en que yo dejaba Portugal para volver a Murcia, murió, y yo no pude más que lamentar una vez más que algo que acababa de descubrir se desvaneciera sin poder remediarlo.

Roberto BolañoSabía que había dos novelas suyas que lo acabaron por convertir en un autor de culto (y de moda, cosa que él detestaba), Los detectives salvajes y 2666, ambos libros de más de 500 páginas, y la verdad, yo para leerme una novela de tamaña dimensión me lo tengo que pensar mucho (menos con Rayuela). O como dijo Borges: “para qué voy a decir en 500 páginas lo que puedo decir en 20”. Pues la última hora de la feria de Granada, ya de noche y lloviendo a mares (hecho que después desembocó en una pseudo-neumonía de caballo, ¡todo por la literatura!), me acerqué a los puestos de libros decidido después de mucho tiempo a adquirir unos cuantos libros pequeñitos que supiera que iba a leer, no como otros que se van acumulando en la estantería y quedan muy bonitos a la vista. Tomé El desorden de tu nombre, de Juan José Millás (no es lo mejor que he leído de él, pero genial como siempre), Pedro Páramo de Juan Rulfo (un laberinto angustiante en medio del desierto mexicano) y Diario de un perdedor, de Charles Bukowski, una autobiografía del viejo borracho que todavía tengo que leer. Y no sé porqué, pero pensé que ya que estaba lanzado ese era un buen momento de conseguir algo de Bolaño. Tuve en mis manos las dos novelas que he citado arriba, pero su volumen y su precio me echaron para atrás. Las muy amables y simpáticas dependientas me instaron de mil maneras para que me llevara alguna de ellas… pero entonces vi un libro de bolsillo con una imagen que me intrigó y me sedujo… un águila imperial con una pose y una mirada poderosa y que incluso infundía respeto (es una fotografía de Andy Warhol). Y como no me encajaba demasiado esa portada con un libro de Bolaño (por otro lado, ¿porqué no?) decidí cogerlo. Se trataba de Estrella distante.

Al final las sensaciones que me produjo la portada se hicieron reales durante su lectura. Es una novela que te subyuga y mantiene en vilo constantemente la intriga de adónde nos quiere llevar el autor. Buena parte de culpa tiene el oscuro personaje de Carlos Wieder, cuya sombra se proyecta sobre todos los pensamientos del narrador de la historia, y que de alguna manera parece determinante en todo el devenir de su existencia. Carlos Wieder es la pura maldad encarnada, un impostor, un embaucador con delirios de gran poeta épico del nazismo (que no fascismo), que escribe versos de la biblia en latín en el cielo con su avión de la Segunda Guerra Mundial, como un ángel exterminador implacable que avisa a los mortales de su advenimiento. Él fue quién hizo desapareceer a gran parte de los amigos poetas del narrador en los primeros años de la dictadura de Pinochet (1973), haciéndose pasar por un sensible y reservado dandy. Sus logros le hicieron escalar rápidamente posiciones y adquirió un estatus de artista del régimen pinochetista, pero sus propios excesos le hacen caer y de repente se pierde su pista.

estrella_distanteEl narrador se pasa toda la novela tratando de indagar sobre la figura de ese hombre ruín, mezquino y desalmado al que detestaba desde el principio sin razón aparente, pero al que admiraba de una manera extraña, como la atracción del abismo, porque al fin y al cabo Carlos Wieder se había hecho a sí mismo y había conseguido lo que quería, mientras que él, paradójicamente, vivía con un sentimiento de culpa por todo lo que había tenido que sufrir. Toda la novela es una indagación sobre su figura, su historia, una especie de persecución mental y física obsesiva, y en algunos momentos da la impresión de que es Carlos Wieder quién está siempre tras los pasos del narrador (y el lector), observando en silencio desde la distancia todo lo que hace, y que descubre con sorna cómo el protagonista no se lo puede quitar de la cabeza. Eso para mí ya es una pequeña victoria de Carlos Wieder, la obsesión (por otro lado lógica) que despierta en los supervivientes, los que llegaron a escapar (o él dejó escapar porque ni siquiera le “merecían la pena”). Es un personaje que trasciende la novela y que, como un parásito, su espíritu se apropia de ella.

A mí la historia del golpe de estado que derrocó a Salvador Allende siempre me ha afectado mucho. Yo nací un 11 de septiembre, del 82, y el golpe de estado de Pinochet fue un 11 de septiembre, pero del 73, y cuando lo supe me sentí muy tocado y afectado por todo lo que pasó (con pérdidas impagables como la de Víctor Jara). No sólo existe el 11-S estadounidense, no podemos olvidarlo, pero tampoco el terrible y desalmado 11-S chileno. Una vez leí un artículo de Vargas Llosa en el que justificaba la dictadura de Pinochet por la “europeización” y las buenas cifras económicas de Chile. Asqueroso, sencillamente asqueroso. Lo que la gente es capaz de tolerar por tener una economía más saneada y poder ir al centro comercial a pasar el domingo:

Una vez más… es realmente espeluznante ver de lo que es capaz el hombre, de tanta maldad, tanta estupidez y crueldad gratuita y casi pornográfica en el peor sentido de la palabra. Cómo una persona puede sentir tanto placer sólo con el hecho de acabar con otra persona, simplemente porque sabe que tiene el poder de hacerlo. Y más terrible es que a veces se me olvide que eso existió, y que existe, sólo hay que salir a la calle en alguna manifestación o ver cómo se siente la gente en periodos políticos tensos (o acercarte a la Fuente de las batallas de Granada y observar con estupor como se conserva intacto y majestuoso entre olorosos naranjos el coprolito en homenaje a Primo de Rivera). Porque el fascismo está adquiriendo poco a poco, en silencio, de nuevo protagonismo en toda Europa (este continente nuestro tan fascista políticamente hablando). Esperemos que no nos tengamos que lamentar de aquí a unos años de no habernos dado cuenta antes, y de no haber hecho nada para remediarlo.

3 respuestas a La maldad humana absoluta

  1. Sofía dice:

    que bien! Me parece muy interesante y sorprendente lo que cuentas de este libro. Voy a intentar coneguirlo porque sin duda me ha picao la curiosidad. Gracias. Sigue escribiendo…Nos vemos por los caminos.

  2. nefelibatrad dice:

    Cuál de los dos libros? Porque hablo de dos. Yo creo que a ti te gustaría mucho más el de MAUS, el de Bolaño es la hostia, pero de alguna manera, más espesillo. Me alegro de que te haya gustado, hasta pronto

  3. […] me leí un libro suyo que era totalmente subyugante: Estrella distante. Me impactó tanto que escribí algo en este mismo blog. De José Saramago me he leído varios libros y siempre me ha gustado, a pesar de que a veces se […]

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