La bondad humana absoluta


 

Tan joven y tan viejoA veces la vida me abruma, me apabulla. Me he dado cuenta de que en alguna ocasión, la dicha también me ha salpicado. Me he encontrado minúsculo, parapetado y ahogado detrás de mi piel. He tenido que aferrarme a mis entrañas, porque no encuentro otra manera de asistir al espectáculo de gigantes que estalla ante mis ojos y que de otra manera me arrastraría. 

A menudo sobrevivo al maremoto de la felicidad que se derrumba sobre los hombres. Solo, he surgido de mi refugio a la calle arrasada, he caminado por entre los cuerpos mojados que yacían al sol sin tocarlos, y he proclamado por las avenidas vacías: “lo he visto, yo he estado ahí, yo he vivido eso, seguidme, regresemos”. Y me he dado cuenta de que sólo yo estaba escuchando.

Me he dado cuenta de que siempre he estado rodeado de seres alados iluminados, que me acompañan planeando mil movimientos en el viento. Ahora sé que si están ahí no es por casualidad, sino porque de alguna manera saben, cuando pasan en vuelo raso cerca de mí, que siempre voy necesitando una mano. He descubierto su plan, y a partir de ahora voy a hacerles creer que no lo sé. Les trataré como a simples humanos. Dejaré que se acerquen a mí, confiados de mi torpeza, y así sentiré en la nuca la brisa de sus alas protectoras.

A veces me he sentido tan tocado por su luz, he sentido mi cuerpo reflejar tanto su brillo, que he llegado a cegarme, mis ojos se han incendiado y he andado aturdido sin rumbo, como un niño gritando a carcajadas y saltando los charcos sin miedo a nada. Sin saber hacia dónde iba, poco me importó el camino a escoger. Anduve inconsciente tropezando y derrumbando mis regalos por el suelo. No es fácil caminar entre tanta luz, pero tampoco es sencillo sentir cómo se aleja un ángel.

Falta demasiada luz por repartir por el mundo. Sé perfectamente que muchos vendrán y otros se irán, porque es así. Así como vinieron, se irán, y es bueno que sea así. Pocos se quedarán conmigo. Y ahora que estoy seguro de que siempre estarán ahí, intercambiándose los puestos, llamando a nuevos Dédalos, llegando unos, partiendo otros, los veo alzar el vuelo, miro al cielo y contemplo asombrado que está lleno de ellos, y que yo he sido el engañado, ya que en realidad son simples humanos, que un día soñaron con volar, y lo consiguieron. Me miran directo a los ojos, me convencen de que yo también puedo volar, solo esperan que me una a ellos y deje atrás esa vida de Ícaro en caída constante. Ya no hay excusas.

A veces siento que no puedo asimilar la grandeza de la vida que me rodea, que mi corazón se despedaza como si estuviera hecho de pan blanco, pero ahora, he aprendido a  recoger mis propias migajas. Como de mi propio corazón como un pájaro azul. Comed de él, ángeles, el mundo espera por nosotros.

Es la vida tan misteriosa, tan astuta, que incluso ha conseguido que yo llegue a creérmela.

 

 Desde las selvas oscuras, el hombre pluma, tan joven y tan viejo…

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