Paloma ausente, blanca paloma, rosa naciente


Flores en el Pico do Papagaio, Ilha Grande (Foto: Carlos Maroto)

La rabia, la impotencia y la pena forman un cóctel explosivo, paralizante, cualquiera que sea el orden en que se den estos tres estados de la mente y el alma, esos infiernos artificiales. Estoy, como quien dice, recién aterrizado en mi almena fría en la meseta verde punzante de la montaña de Reims. Acabo de regresar de un viaje de regreso y que no obstante, ha sido iniciático, como diría aquel ángel con dos alas de gárgola marcadas en la espalda. Mis neuronas están de fiesta resacosa y a mí no me han invitado. Mientras que les espero fuera en la puerta ya he empezado a trabajar, y eso me evita cualquier tipo de mala excusa para mirar atrás. Sé que estoy aquí porque la gente saluda por los pasillos al Pablo que dejé bajo la cama durante las vacaciones. Lo voy a dejar hibernando una semana para que asimile lo pasado y lo que está por venir, para que se arrope y se sienta a gusto en la soledad por la que le va a tocar volver a pasar. Escucho, oigo, veo, observo, pregunto, me muevo, me expongo desde mi silla junto a la ventana a un mundo que a veces pareciera que no me pertenece, al que no pertenezco, y que sin embargo, me incumbe, me atañe.

Empieza un nuevo año, vacilón, que me deja bien clarito que hay cosas que no van a cambiar, que no me confíe, que no me despiste ni un segundo. Empezó con varios sustos, confusiones y sobresaltos el mismo día 1, para no dejar para mañana la tragedia que pueda manifestarse hoy. Y nada más llegar a mi cuarto el terror se hace visible, y deshace la carne bajo el barro.

Leo en el periódico que Ilha Grande sucumbe bajo el lodo de una catastrófica inundación, y que en las raíces de los árboles de su selva virgen se enredan en un abrazo una madre y su hijo, entre otras muchas víctimas. Ilha Grande es (era cuando yo la visité) lo más cercano al paraíso en la tierra que yo he conocido. Una isla en el litoral de Rio de Janeiro, a 4 horas de la ciudad que vio nacer a Cartola. Una balsa de aceite en un rincón del Atlántico, un secreto que dejó de serlo hace tiempo cuando los empresarios del turismo de allí y aquí se dieron cuenta que se le podía sacar punta construyendo alocadamente hoteles y resorts, desterrando a los lugareños a favelas en las colinas de la zona. El lugar que me hizo crecer y creer andando desnudo por en medio de un río, llevado y abrigado por peces de colores que me lamían las piernas y me arrancaban de a poco las pieles muertas que traía de Europa. Ahora se ahoga en el barro como si fuera un vulgar paraje terrenal, donde la gente también se muere, la dejan morir, o la matan.

Eso fue anoche, y se lo hice saber a quién compartió gentilmente conmigo aquella confirmación de la vida que es Ilha Grande. Hoy, después de haber cumplido con solvencia mis obligaciones laborales, me he puesto a tontear, leer, escuchar música, mirar qué tengo por aquí perdido. Y como no, me topé en esta imagen a la que vuelvo de vez en cuando:

Maya Deren, o la gran aparición

Se trata de Maya Deren, una artista multidisciplinar (directora de cine, coreógrafa y escritora entre otras cosas), estadounidense de origen ucraniano, y que era poesía pura en sí misma. No sé demasiado de ella ni de su obra, sólo puedo decir que un día vi esta foto en una página perdida del periódico y me impactó de tal manera que no me la he podido quitar de la cabeza. El recorte debe andar perdido en algún cajón del hogar paterno. Al buscar algo más de información sobre ella he caído en un blog francés dónde el autor relataba un poco la vida de Maya e incluía varios vídeos de su obra cinematográfica. He echado un vistazo en la barra lateral de enlaces del blog y he reparado feliz en un sitio que tenía olvidado desde hace tiempo pero que es un auténtico tesoro: la Blogothèque. Es la web de un proyecto increíble que se basa simplemente en sacar a los músicos a la calle para que interpreten sus canciones por diferentes ciudades. En su día llegué a este sitio rastreando vídeos de Beirut, como éste:

Pero ¡ay! cuando he entrado, la portada me ha saludado con un buen guantazo: la muerte de la cantante mexicano-estadounidense Lhasa de Sela. He buscado la noticia para confirmarla, y por una vez los periódicos no mentían, era verdad. Pero como le decía a una crisálida en globo, que sea verdad no es razón para tener que creéselo. Al saber la noticia me ha invadido una tremenda pena, porque algo que hacía muy bien Lhasa era transmitir una nostalgia lánguida con su voz y sus canciones. Sus cantos podían parecer auténticos dramas, pero no llegaba la sangre al río, a pesar de todo con ella sabías que nunca ibas a acabar en un agujero de autocomplacencia. Ella era diferente. Simplemente te recordaba que ese tipo de sentimiento está ahí, y que vivirlo es un juego más en esta batalla. Ella lo hacía bello. Me dí cuenta de la dimensión real de esta mujer, de su grandeza, hace ya varios años, en una fiesta en el barrio del Realejo granadino, en un palomar polvoriento lleno de alas regadas con ron de caña, que gritaba luz en medio de la noche. El anfitrión era un argentino loco que se hacía llamar Borges -muy humilde el muchacho-. Me dejó trastear entre los cd’s, y cuando descubrí los dos que Lhasa tenía publicados por aquel entonces, las manos se me llenaron de un peso ansioso, le pedí si podíamos escucharlos y por un momento se puso serio y me dijo que no era el momento, con toda la gente exaltada a esas horas de la noche. Cierto, pero hubiera sido increíble escucharlo allí, y como me quedé con las ganas, al día siguiente volví a ella y siempre la he tenido presente. Una fuerza de la naturaleza, tan grande y al mismo tiempo tan poco invasiva es bueno tenerla siempre a mano.

Su muerte, tan joven (37 años), por un largo cáncer de mama, y precisamente el día 1 de enero, me ha embargado de pena, rabia e impotencia. Pero al volver a ella todo ha vuelto a su sitio y eso me ha recolocado de nuevo en el mundo. Pero la cosa no se ha quedado ahí y el destino ha querido hurdir un poquito más en la herida antes de quedarse tranquilo. No sé porqué, justo en el momento en que he asimilado su muerte, he pensado en Violeta Parra, la entrañable cantante del folklore chileno. Supongo que por el estilo de música, por ser mujer, y por lo que las dos me transmiten. Bien, pues entro en la página oficial de Lhasa de Sela con la esperanza de que sea una inocentada -con poco convencimiento, porque el día de los inocentes es el 28 de diciembre en España, no en Canadá, donde residía-, y leo que había empezado a preparar su próximo disco: un cd con versiones de Víctor Jara y Violeta Parra. Cruel destino.

Todo esto no puede más que enseñarnos de lo preciosa que es la vida. Y que la rabia, la impotencia y la pena, tarde o temprano, dan paso a la nostalgia, y que ésta, por fin, será algo de lo que congratularse, porque la sentimos porque algo, un día, nos hizo felices. 

Esto no es más que un viaje de ida y vuelta, pa’ llegar a tu lado. El 2010 va a ser maravilloso.

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