A veces son inevitables


Hace unos meses entré, como suelo hacer a menudo (y todo aquel que tiene un pequeño gran “pequebú”  dentro de sí) en ese boletín oficial del PSOE que es ElPaís.com, con la esperanza de que ese día no hablara mal por sistema de Lula, o de Evo, o de Chávez, o de Cuba, o de Correa o de cualquier otra persona que vaya en contra de sus intereses… o simplemente con la esperanza de que deje de ser un catálogo de compra y venta, un fiel y triste reflejo de la sociedad en la que vivimos (con algunos artículos de opinión excelentes y únicos, todo sea dicho). Pero nada, nunca nada cambia, y ElPaís.como no iba a ser menos.

Pero sí reparé en uno de los especiales sobre música que muy acertadamente están empezando a publicar desde hace algunos meses. Esta vez era el turno del músico zaragozano, mezcla de Jim Morrison y Raphael, Enrique Bunbury, que lanzaba su nuevo disco Las Consecuencias. Este cantante nunca ha sido santo de mi devoción pero sí que he de reconocer que hubo un tiempo en que me gustó bastante, seguramente por su estilo un poco “Calamariano”. Su carrera musical ha continuado más o menos por los mismos derroteros, aunque mucho más oscuro y pesimista, con letras que hacen furor entre la muchachada adolescente, y es de lo mejorcito que se puede escuchar en las grandes radios y cadenas de televisión españolas (que ya es mucho). Al menos es un tipo que ha sabido madurar, evolucionar, dejar atrás la pesada losa de los pesados, por cansinos, Héroes del Silencio y probar nuevas cosas, nuevos estilos (como la copla o el bolero), hasta el punto que ha colaborado con gente tan dispar como Lila Downs, Los Piratas, Ariel Rot, Nacho Vegas o los mismísimos Andrés Calamaro o Raphael. Incluso se ha atrevido con la poesía y musicó unos poemas de Leopoldo María Panero e incluyó un célebre poema de Gil de Biedma en un DVD.

Bueno, a lo que iba, entré en el especial, escuché algunas canciones, leí alguna de sus letras, comprobé que todo seguía más o menos en la misma línea y me fijé que en una esquina de la página anunciaban un concurso en el que el hipotético ganador se llevaría una mítica guitarra eléctrica Gibson firmada por Bunbury. Para ganar, había que responder de manera original a la pregunta: ¿Cuáles son las consecuencias de ser Enrique Bunbury? Primero pensé en que si tenía que ser original no podía ser una respuesta de tres al cuarto… y acto seguido me centré en la palabra consecuencia, tan larga, con tanta sonoridad, con un significado tan pesado y, por lo tanto, con tantas posibilidades. Y como suelo hacer en estos casos, no me lo pensé demasiado. Creí que la mejor manera en la que podía responder a la pregunta y conseguir esa guitarra del Olimpo rockero, además de adular un poco a Bunbury, era haciendo una especie de texto medio en broma, medio en serio, aprovechando las posibilidades que brindaba en muy amplios sentidos la palabra “consecuencias” y hacer un pequeño texto-poema-juego (como a mí me gusta) creando aliteraciones con esa palabra. Una buena definición de aliteración sería: “Figura retórica que consiste en la repetición de los mismos sonidos en una misma frase o verso para producir un efecto de musicalidad o sonoridad”. Tal vez me faltó más brío y más juegos de palabras… ahora ya es inevitable. A otra cosa. Salud.

 

¿CUÁLES SON LAS CONSECUENCIAS DE SER ENRIQUE BUNBURY?

Las consecuencias, son consabidas: construir con constancia, elocuencia y una considerable paciencia una conspicua constelación de canciones, con la constante melancolía del que conscientemente toma distancia para darle una vuelta entera a la circunferencia que describe, inmisericorde, la existencia, cuando sin consolación vamos perdiendo la inocencia que reinó inconscientemente los mediodías de nuestra adolescencia, con la consiguiente tendencia a no conceder condescendencia alguna a las contradicciones de las consagradas falencias, enfrentándose sin contrariarse a la inconveniencia de jugarse en cada verso constantemente la vida y regalársela a la audiencia, y al final recordarnos que la vida, esa incontrolable coincidencia, hay que consumirla más que nunca con urgencia e insolencia, y no pensar tanto, porque son inevitables, en las consecuencias.

En este videoclip, con canción homenaje a David Bowie, aparece Liberto Rabal, el nieto de nuestro murcianico universal, Paco Rabal.

Y de propina, el juicio contra Bunbury por haber traicionado al Rock’n’Roll. No he podido evitarlo.

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