El joven que deseaba conseguir el deseo de su corazón

10 septiembre 2009

A veces es sorprendente reparar en cómo la gente te ve. La imagen que tienen de tí (y no me refiero al físico, si no a lo que es invisible a los ojos). Es muy curioso saber lo que opinan de ti, e incluso divertido saber hasta qué punto pueden llegar a estar engañados. Las personas son entrañables. Conmovedora la bondad que a veces te toca recibir de ellos.

Nunca sabremos el porqué de muchas cosas del comportamiento humano, y tan sólo tal vez podremos guiarnos por lo poco que sabemos de nosotros mismos. Es tan imprevisible y volátil lo que las personas llevan dentro, que al final uno tan sólo puede estar seguro de sí mismo. A tí nunca te vas a poder engañar. Aunque lo ocultes, aunque lo entierres como una tiovivo de hojalata en los cimientos de hormigón de un rascacielos. Sólo tú sabes que está ahí. Pero está ahí. Y precisamente lo has enterrado tan bien que sabes que va a perdurar ahí por siempre. Y no intentes recuperarlo porque sabes que es imposible. Simplemente continúa, e intenta que la cajita de hojalata no pese más que todas las toneladas de hormigón que has vertido por encima.

Estos días estoy registrando los cajones de la casa de mis padres para organizar papeles, trastos, recuerdos, fotos y dejarlo todo clausurado antes de mi partida. Pero claro, todo el mundo sabe que cuando revuelves el agua de un río, del fondo surgen muy diversos sedimentos. Han aparecido fotos ya antiquísimas, dibujos de la Bola de Drac, un poema dedicado a Bukowski que escribí con 18 años, cartas, conchas de mar,  juguetes, anillos de coco rotos, notas dejadas en un frigo hace años, amuletos chamánicos que han recorrido medio mundo y que ahora se aburren en una cajita de aluminio, mi primer libro de cuentos de Benedetti y un largo etc.

Cualquiera diría que tengo el síndrome de Diógenes, pero es tan sólo una manera de recordar, como en Everything is illuminated, pequeñas cosas que abren puertas a momentos de mi vida. Y tan sólo yo sé lo que pasó, tan sólo yo lo viví como yo, una cosa tan simple como esa. Solo yo puedo saber mi historia. Solo yo me puedo conocer. Y hay que empezar a asumir que no puedo cargar sobre la gente que me rodea una responsabilidad tan grande como es entrar por los recovecos de mi mente. Y que encima me comprendan. Si no me (re)conozco, no conseguiré expresarlo bien, y poca gente estará cerca de mí. Es muy egoísta, es pedir demasiado.

Cuando era niño no entendía prácticamente nada de todo lo que pasaba a mi alrededor. Todo me parecía absurdo, mentira, intrigante y curioso al mismo tiempo. Pocos adultos llegaron a entenderme. Algunos lo intentaron y me acompañaron como pudieron. Ahora, ya un poco más mayor, viendo lo que ocultaban los cajones de una habitación que hace un tiempo ya dejó de ser mía, me doy cuenta de que a mí también se me escapa de las manos el niño que fui. Así que les entiendo, no les culpo.

 Caricaturas dibujadas por las manitas de Verónica Ruiz

 

Aquí dejo un texto que me ha pasado una amiga. Según ella, nada más leerlo, pensó en mí. Sí, pero yo sé la verdad en el fondo.

“I am an excitable person who only understands life lyrically, musically, in whom feelings are much stronger than reason. I am so thirsty for the marvelous that only the marvelous has power over me. Anything I can not transform into something marvelous, I let go. Reality doesn’t impress me. I only believe in intoxication, in ecstasy, and when ordinary life shackles me, I escape, one way or another. No more walls.”

— Anaïs NinLeer

O lo que en román paladino significa:

“Soy una persona impulsiva que sólo entiende la vida de una manera lírica, musical, en la que los sentimientos son mucho más poderosos que la razón. Estoy tan sediento de lo maravilloso que sólo lo maravilloso tiene poder sobre mí. Dejo atrás cualquier cosa que no pueda transformar en algo maravilloso. La realidad no me impresiona. Sólo creo en la intoxicación, en el éxtasis, y cuando la vida cotidiana me encadena, escapo, de una manera u otra. Basta ya de muros.”

Yo tan sólo soy un joven que desea calmar su corazón dándole de comer pequeñas estrellas. Será mejor bajar a mirar que hay por el frigo.

Qué poco me ha gustado siempre cumplir años.

 

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El principio de la disnea (o cosas en común)

24 mayo 2009

El polen que pulula por doquier en Granada cuando llega la primavera debería ser incluído como la octava plaga en futuras reediciones de la Biblia. Es algo que sólo se puede entender si se camina por sus calles, tupidas por una leve pero incómoda niebla de bolitas algodonadas que se cuelan por todo resquicio que encuentran a su paso. Los árboles que pueblan el monte donde se encuentra la Alhambra y que rodean y resguardan al monumento nazarí lanzan sin piedad ese cuerpo de paracaidismo níveo sobre la ciudad. Así nos recuerdan a los que en ella vivimos que el castillo rojo está vivo, respira y se defiende del uso que se le da. El sultán utiliza sus gramíneas para recordarnos que cada noche observa sus dominios desde la Torre de la Vela. Con su lluvia de polen blanco hace que la gente gire la cabeza pensando en la imponente presencia del gigante de ladrillo rojo. El olvido está lleno de memoria.

Las personas que caminan por el centro con una mascarilla al más puro estilo Michael Jackson son una legión. La alergia hace estragos en el tracto respiratorio de la población granadina, acentuando más si cabe la ya de por sí siempre latente malafollá autóctona.

Esta semana, después de tres noches seguidas casi sin poder dormir a causa de ataques nerviosos de tos causados por la alergia al polen granadino, me decidí por fin a ir a mi médica de cabecera. Al ver mi deplorable estado me enchufó casi media hora a una mascarilla que conectada a una bombona me proporcionaba O2 puro en grandes cantidades y rico salbutamol que abría mis bronquios como gaviotas en el viento marino.

La mesa de trabajo de Benedetti (con un inhalador a la derecha). Extraído del libro 'Poemas revelados' dedicado a Benedetti. Fuente: elmundo.es

La mesa de trabajo de Benedetti (con un inhalador a la derecha). Extraído del libro 'Poemas revelados' dedicado a Benedetti. Fuente: elmundo.es

Lo que me ha resultado más curioso, e incluso gracioso, es que me ha recetado un inhalador. Sí, un aparatito de esos que utilizan los asmáticos para aliviar sus males. Utilizándolo no puedo evitar sentirme un poco como Steve Urkel. Ya sólo falta que me ponga unas gafas “culo de vaso” y que los johnnys-garrulos me peguen por la calle para quitarme la merienda.

Pero como siempre hay que buscar el lado bueno e incluso mágico de las cosas, tampoco he podido evitar pensar que por fin tengo algo realmente tangible en común con mi bienamado Benedetti. Él padecía desde los 25 años un asma crónico que le acompañó toda su vida, por lo que siempre llevaba a mano un inhalador.

De hecho, he reparado que mi primera noche de “fenómenos asmatiformes” fue la misma noche en la que Benedetti exhalaba su último aliento sin yo saberlo, inconsciente en mi cama. Pareciera como si ese último grito de vida ahogado hubiera atravesado ese océano Atlántico que tantas veces cruzó Benedetti, y se hubiera colado por el resquicio de mi ventana, entrando bífidamente  por mi boca y cayendo hasta mis pulmones para hacerlos un puño y estrangularme la garganta. Esa fue sin duda la señal en clave que Benetti utilizó para hacerme saber que ya nunca podré conocerlo en persona. Y para ello me ha traspasado durante un tiempo sus ataques de asfixia. Muy bonito. Tal vez hubiera preferido una carta, una nota estratégicamente introducida en un libro o una pista a descubrir. Pero si mi flamante y pasajero asma proviene de Benedetti, lo tomo con cariño como un regalo realmente simbólico.

Aunque, ya puestos, bien me hubiera podido pasar sus dotes literarias. Está claro que todo se pega menos la belleza. 

Precioso cuadro realizado por la pintora oriolana Verónica Ruiz García (su blog, en la barra derecha de este blog) un día después de la muerte de Benedetti

 Precioso cuadro realizado por la pintora oriolana Verónica Ruiz García (su blog ‘Algo sucede, nada vuelve a ser lo mismo…’, en la barra derecha de este blog) un día después de la muerte de Benedetti.

Aquí dejo un cuento de Benedetti donde relata con fina ironía sus penurias alérgicas:
EL FIN DE LA DISNEA – MARIO BENEDETTI
(Incluido en ‘La muerte y otras sorpresas’, 1968)

Aparte de sus famas centrales y discutibles (fútbol, parrillada, llamadas del Barrio Palermo), Montevideo incluye otra anexa celebridad, ésta sí indiscutible: posee el récord latinoamericano de asmáticos. Por supuesto, ya no cabe decir posee sino poseía. Justamente, es ese tránsito del presente al pretérito imperfecto lo que aquí me propongo relatar.

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