La inmersión en los círculos de la trama

10 marzo 2010

A veces es extraño como uno se puede sentir identificado con un escritor o un cantante por encima de los demás, de todas las cosas. Seguramente tiene mucho más que ver con el momento en que por fin te paras a escucharlo que a la persona en cuestión o lo que hace, tiene que ver mucho el momento en que el anzuelo se te clava dentro y te hace despertar a la evidencia de que esa persona está haciendo o buscando lo que en el fondo a tí también te gustaría, pero no puedes. Él lo saca fuera y lo hace arte. Y eso me pasa a mí con Jorge Drexler.

Recuerdo que la primera vez que lo escuché con atención fue hace ya 4 años (que se dice pronto). El verano comenzaba en Granada y ante mí se abría la nada, un final de curso sin mucha historia, con noches cálidas tranquilas sin demasiado que hacer y un verano con la pierna escayolada en mi pueblo (aunque eso yo todavía no lo sabía).

Regresando de una de esas noches a casa de mis amigos, ni triste, ni abatido, ni apenado, simplemente apático, entré en el cuarto de uno de ellos, que se había quedado estudiando, y me fui a sentar a su vera, en el borde de la cama. Después de una pequeña conversación a juego con esas noches sin fondo, me miró y mi cara debía ser un poema, porque me dijo: “escucha esto”. Acto seguido, tan sólo colocó en el reproductor del ordenador la canción La edad del cielo, y me dijo: “presta atención a la letra, es muy importante”. En un principio, como soy así de descreído, pensé: “ya se le han subido Jackobson y Saussure a la cabeza, veamos pues”. Cuando comenzaron los primeros acordes seguía instalado en mi atalaya de desidia, pero cuando las primeras palabras de la canción comenzaron a sonar y le vi a él repetirlas desde mi escepticismo, comprendí que me tenía que dejar hacer, recibir aquello, que era lo mejor que nadie me había ofrecido en semanas: “Calma, todo está en calma. Deja que el beso dure, deja que el tiempo cure. Deja que el alma tenga la misma edad que la edad del cielo”.

Desde aquel momento decidí tomarme todo con más calma, relativizar un poco y tratar de encontrarme a mí mismo entre toda la confusión que me rodeaba y que salía desde el mismo centro de mi cabeza por todas las calles del Albayzín.

Por aquel entonces ya había salido el disco Eco, que yo tenía por algún lado olvidado en el ordenador y que nunca me había parado a escuchar. Qué mejor momento para lanzarse a la escucha. Me encontré con un disco original, optimista y que traspasaba las barreras de lo que normalmente suele hacer un cantautor, con experimentos electrónicos, cruce de caminos entre muy variados estilos musicales y unas letras con una sonoridad casi perfecta, simples en la forma pero con unas imágenes y una simbología vital muy enraizada. Para mí, uno de los mejores discos en español de las últimas dos décadas y que no es valorado como se debe. Yo creo que todos los premios que se llevó su siguiente disco, 12 segundos de oscuridad, una continuación de Eco mucho más nocturna e íntima, le llegaron simplemente para enmendar de alguna manera el injusto silencio con el que convivió ese disco, a pesar incluso del Oscar que ganó Drexler por Al otro lado del río.

Chico Buarque, un genio, con subtítulos en español.

Y precisamente ahora, y creo que como parte de la promoción de su nuevo disco, en el blog cultural Papeles Perdidos de Elpaís.com, se ha publicado un pequeño artículo en el que Drexler habla de las 5 canciones que más le han marcado, en su caso, como compositor. Quitando las dos referencias uruguayas (de los dos tótems de la música de aquel país, Alfedro Zitarrosa y Fernando Cabrera), yo podría suscribir también las otras tres: Chega de saudade, de João Gilberto y compuesta por Tom Jobim y Vinicius de Morães y que marcó el nacimiento de la Bossa Nova, Construção del enorme y nasalizado Chico Buarque, y Julia, de los Beatles y compuesta por John Lennon en homenaje a su madre, a la que vió morir atropellada en las calles de Liverpool cuando era niño.

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La maldad humana absoluta

22 agosto 2009

Otra vez la casualidad ha querido que caigan en mis manos dos obras maestras que sin saberlo tenían y tienen mucho que ver entre sí. Esta vez han sido los dos últimos libros que he leído. Por un lado, Maus: relato de un superviviente, de Art Spiegelman, y por otro, Estrella distante, del genial escritor chileno ya fallecido, Roberto Bolaño.

Portada de la última edición española de MausMaus es un libro del que había oído hablar y que sabía que tarde o temprano acabaría leyendo, por la curiosidad que despertaba en mí el hecho de que sea el único cómic que ha ganado el premio Pullitzer (lo que hace el buen marketing). Se trata de un cómic (más bien una novela gráfica) en la que el autor cuenta con minuciosidad la experiencia de un judío polaco durante la ocupación nazi a través de las vivencias de su padre. Lo que se ve en películas de Hollywood como La lista de Schindler o El pianista se queda en un cuento de hadas si lo comparamos con muchos pasajes de este cómic, donde muestra mil situaciones vejatorias, patéticas y de torturas por las que pasa el personaje, el padre del autor, que salva su vida por pura casualidad, sin que lleguemos a entender cómo lo consigue. Es realmente espeluznante ver hasta donde puede llegar la maldad humana. Este cómic hace que te plantees muchas cosas sobre la vida, la muerte, la crueldad pura y absoluta del ¿ser humano?, y no sólo eso sino que hace que revises mil prejuicios (buenos y malos) que tenemos sobre los judíos y otras cuestiones de la historia mundial moderna. 

Pero además, y tal vez lo que es más novedoso y estremecedor para mí, el autor intercala una y otra vez escenas de la relación personal que tiene con su padre. De hecho todo el cómic se sustenta sobre esa relación: el autor, hablando con su padre, se preocupa e interesa por su ascendencia, la historia de su familia y cómo sobrevivieron al nazismo. Art Spiegelman aparece en el cómic desde la primera página, y lo va desarrollando con escenas en las que aparece hablando con su padre, cuaderno de notas o grabadora en mano, mientras éste le relata la durísima experiencia vital que sufrió, todo ello aderezado con escenas familiares a las que a veces da un poco de vergüenza asistir. Pero todo eso es lo que humaniza más el relato, lo vuelve más cercano y es cómo consigue atarte a él. Cuando acabó el libro sentí que quería seguir exponiendo mi mente a todo lo que me brindaba, para que pusiera a prueba mi capacidad de análisis, de empatía, de comprensión. Muy recomendable, la verdad.

Se presenta en blanco y negro, con unos dibujos muy toscos, en los que destacan las figuras lánguidas y escuálidas de los ratones sobre fondos duros y oscuros. Y es que aquí los personajes son animales: los judíos son ratones estilizados, los nazis son horondos gatos de afilados colmillos, los suecos son renos, los estadounidenses son perros y los polacos son cerdos (saquen sus propias conclusiones). Por ejemplo, a mí me ha causado bastantes dilemas morales el que identifique cada nacionalidad con un animal, y que incluya por lo tanto a los judíos como estatus de nación, identificándolos con ratones. Por ejemplo, los alemanes y polacos, ya sean nazis, colaboracionistas o simples almas en pena que sobrevivieron al Holocausto como pudieron, están siempre representados por el mismo animal, gatos y cerdos, sin distinciones. El autor no considera de ellos más que lo que se supone que pone en sus pasaportes.

Hay una escena que me chocó muchísimo, y que no cesó de hacer run run en mi cabeza mientras leía el libro, y creo que está puesta a propósito para causar en el lector este tipo de preguntas. En dicha escena, el autor no sabe cómo dibujar a su mujer, que es de nacionalidad francesa, si como un alce, una rana, una coneja, una perra (por dios qué connotaciones que tienen estos dos animales en femenino), y su mujer se enfada, no sé si con más o menos razón (¿porqué reivindicar tu condición de ratoncita?), porque se siente discriminada. Al final decide dibujarla como un ratón porque ella se acabó convirtiendo al judaísmo para contentar al padre del autor, la fuente de todas las anécdotas del cómic. Yo, que no sé a qué le tengo más tirria, si al separatismo al que nos llevan las religiones más mayoritarias o al separatismo al que nos llevan la defensa de las supuestas razas superiores y naciones ancestrales, no pude evitar sentir pena y tristeza al ver cómo el autor, que sabe lo que es sufrir discriminación por cuestiones religiosas, hace ya de por sí en la génesis de su obra una discriminación con la religión como base (o como dice Jorge Drexler, cantante uruguayo judío que es mi pura debilidad: “no hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido). Aunque hay que reconocerle que esa división da mucho juego desde el punto narrativo (es muy curioso ver cómo dibuja a los judíos que se hacen pasar por polacos o alemanes). En fin, allá cada cual con sus creencias.

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