Demasiada información corriendo por mi cerebro

28 febrero 2014

"Cuestiónate todo / ¿Por qué?"

“Cuestiónate todo / ¿Por qué?”

Regresa este blog de sus cenizas después de muchísimo tiempo. No digo que vaya a publicar tantas cosas ni tan extensas como antes, pero tengo la intención de ir actualizándolo poco a poco. El causante de este período comatoso es el mismo que provoca su regreso: Facebook. En primera instancia, porque la instantaneidad y la visibilidad que daba esa plataforma me hizo dar de lado este blog, unido a otras “bondades”, como interactuación con mucha gente conocida, intercambio de información y ego, mucho ego (como todos, yo el primero).

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Rita, no es culpa de nadie

22 septiembre 2009

Dibujo de Juan Francisco Casas (técnica: boli bic)

Dibujo de Juan Francisco Casas (técnica: boli bic)

 JUAN FRANCISCO CASAS: Página web personal Algunos de sus poemas En la Wikipedia

 

Por pura casualidad, en apenas unos días han confluído en mi mente varias historias de amor que tienen bastante que ver las unas con las otras. Ese tipo de historias que seguramente todos habremos imaginado alguna vez. Historias de amor casi imposibles que perduran ocultas a los ojos de los mortales a través de toda una vida. Historias que sobreviven a buen recaudo en las ensoñaciones de los amados en febriles sueños desesperados, y que se acaban por resolver muchos años después, unas veces de manera más feliz que otras, pero siempre, con una indudable melancolía.

Historias como la de Celina y Lionel en el cuento Puentes como liebres de Benedetti, una pareja que se conoce y enamora en la adolescencia pero que no llega a darle curso al llamamiento de la sangre a la guerra de los cuerpos, con rocambolescos y variados encuentros fortuitos a lo largo de sus vidas. El cuento, que se puede leer aquí, se inicia con una afortunada cita de un poema de Pedro Salinas:

Iremos, yo, tus ojos y yo, mientras descansas, bajo los tersos párpados vacíos a cazar puentes, puentes como liebres, por los campos del tiempo que vivimos.

Pedro Salinas

O como me comentaba Adri la otra noche, la historia de amor en vaivén contínuo de 53 años, 7 meses y 11 días de Fermina Daza y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera de García Márquez.

Por no hablar del memorable y conmovedor relato de Juan José Millás El paraíso era un autobús, una auténtica obra de arte, y una muestra fehaciente de cómo las personas pueden llegar a plantar semillas en lo más profundo de nuestra intimidad, echando raíces los sentimientos dentro de nosotros prácticamente sin darnos cuenta.

Toda esta serie de historias me han llegado de repente, justo unos días después de rescatar un recorte de periódico de entre el basurero de Fraggle Rock en el que se ha convertido mi cuarto este verano. La página en cuestión se trata de la Zona Roja, una página dentro del suplemento estival Sinfín del diario La Opinión de Murcia. Esta página ha sido objeto de mi lectura siempre que el periódico ha caído en mis manos ya que rezumaba sensualidad y sexualidad femenina a partes iguales. Esto es debido a las dos pequeñas columnas que cada día la conformaban: “Sexo en verano” de Teresa Luengo, y “Las calores” de Cecilia López. La primera trataba las consultas sentimentales y sexuales de los lectores y la segunda se ha ido sacando de la chistera, como si llevara el guante de seda de Rita Hayworth, un brillante relato erótico diario.

Éste ha sido uno de mis favoritos, por eso lo recorté, lo guardé, y por eso lo coloco ahora aquí.

MENSAJE EN UNA BOTELLA, Cecilia López

Teresita me enviaba mensajes dentro de una botella de plástico de Coca-Cola desde su extremo de la piscina al mío. Seremos como Romeo y Julieta, me escribía, nadie podrá separarnos, nuestro amor será eterno, tendremos hijos y seremos felices para siempre. Como no sabía escribir todavía, yo le respondía soplando dentro de la botella y cerrando rápido el tapón para que no se escapara mi aliento y se la enviaba de vuelta. Este servicio de mensajería había que hacerlo de tapadillo porque la madre de Teresita no me quería como novio de su hija, que yo era pobre y ella rica.

En la frutería, Teresita me dejaba pequeños poemas de amor debajo de las manzanas, yo los veía preciosos con su letra regordeta e infantil, pero sólo los veía, no los entendía; que no sabía leer todavía; con gran riesgo para mi integridad y de la reputación de mi familia -como éramos pobres nadie se fiaba- robaba la manzana que había estado en contacto con su poesía y, sin morderla ni nada, para no afearla, aplicaba mis labios espetando un beso y se la dejaba a Teresita en el alféizar de su ventana para que supiera que la había recibido, y cuando se la comiera se comería mi beso y sentiría un gran sueño y caería desmayada y yo iría a despertarla con mi beso… pero eso nunca pasaba. Yo le escondía, entre las hojas de los periódicos del quiosquero, pétalos de flores que robaba de las macetas, para que Teresita las buscara y se hiciera ramos de rosas que no eran rosas y guirnaldas que no eran guirnaldas.

Teresita se marchó del barrio pobre a un barrio rico, creo que llovía. No volví a saber de ella, pero ayer, estando en la piscina con mis hijos, me llegó casi a las manos una botella de plástico de Coca-Cola con un mensaje dentro: seremos como Romeo y Julieta, esta vez sí, leí. Levanté la vista y a mi lado estaba Teresita echa una Teresona y yo le respondí: Y tendremos hijos y seremos felices para siempre. Cuando me acuesto con mi marido pienso en ti, me dijo Teresona, y se marchó por donde había venido, dejándome más pobre de lo que nunca había sido.


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