Pasear por las calles amadas es como pasear dentro de ti

8 julio 2009

Como últimamente no actualizo demasiado el blog, hay pequeñas historias que me gustaría contar pero que se van quedando en el tintero, con el paso de los días van despojándose de su razón de ser: la inmediatez de algo que me ha sorprendido o me ha parecido curioso y que pienso que puede ser interesante escupirlo al mundo. Pero como tantas otras cosas, si no las cuentas en el momento, pierden interés. Las últimas semanas han sido una auténtica locura, y ciertamente no he tenido demasiado tiempo para sentarme y lanzar de esta manera incauta que lo hago mis pensamientos a la red. Los abandono aquí a su suerte, desnudos ante los ojos de cualquier desconocido (o desconocida). Bueno, pues aún siendo muy tarde he encontrado ganas y energías de colgar alguna cosita y me parece que voy a hacerlo de una tacada. A destiempo, como a mí me gusta hacer las cosas.

Le tengo tanto apego y cariño a esa maravillosa ciudad llamada Granada, que en la última tarde de la que dispuse por el Realejo me dejé una horita para simplemente pasear por él. Yo pensaba que una enorme tristeza y nostalgia me embargaría al reparar que tal vez esos serían mis últimos pasos como vecino del Realejo en bastante tiempo. Pero precisamente al caer en la cuenta de que he tenido la suerte de vivir otro año más en Granada y además en un barrio tan bonito y tan celoso de sus dones, fue cuando una alegría simple y sana se apoderó de mí y el siempre positivo pensamiento de “la vida es bella” vino a mi mente y se tradujo en una leve sonrisa post-orgásmica. Las ideas gustosas deben de proporcionar cantidades de serotonina parecidas a las de la petite morte. Más que cómo si hubiera echado un polvo, me sentía como si me hubiera echado un pulso con la insoportable levedad del ser y le hubiera ganado, de ahí la cara de satisfacción. Otra pequeña batalla cotidiana interior superada. Je, je.

Probablemente mi rincón favorito del barrio ha sido el ‘Parque Japo’, un parque zen del que ya hablé en este bitácora y que me ha servido como retiro espiritual innumerables veces durante este año. Estuve recorriendo el barrio un buen rato y para dar por concluída mi última tarde en el Realejo me encaminé hace ese parque para ver el sol ponerse por detrás de las ruinas del monasterio que hay en su interior, mientras escuchaba ‘En el templo de Debod’ del afromeño Luis Pastor. En ese camino inmortalicé los dos graffitis que publico más arriba y al curioso perro que he visto durante años acostarse en el alféizar de la ventana, apretujado contra los barrotes como si de un gato de angora con elefantitis se tratara.

Por último, ya regresando a casa, vi pasar a lo lejos a Toni Moreno, el cantante de los Eskorzo (de los que también hablé aquí) paseando a su perro. Pensé en hacerle un foto a lo lejos casi al estilo paparazzi, pero me dije “¡diantres!” (bueno, en realidad pensé: “¿¡pero qué coño!?”), así que agarré la cámara y eché a correr detrás de él. Le paré y le pedí si me podía hacer una foto con él, ya que era mi último día en Granada en mucho tiempo y su sencillo Paraísos artificiales había sido muy importante en mi vida los dos últimos meses. El tío, majo, me dio las gracias, me dijo que por supuesto y añadió: “pero dame a mí la cámara que esto de echar fotos así se me da tela de bien”. Así que empuñó la cámara y nos hicimos la fotito.

Y yo volví para mi casa mi última tarde en el Realejo con una sonrisa de lado a lado y pensé que era genial despedirse así de un lugar.

Mañana más que hay que levantarse temprano y el día acabará de madrugada en la Mar de Músicas… ¡¡¡Rokia Traoré!!!


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