Lee un poema de Benedetti en su honor

2 mayo 2009

La noticia me sobresaltó el martes pasado, 28 de abril (por otro lado, cumpleaños del botija de la familia, felicidades Pacorro): “Mario Benedetti, hospitalizado (otra vez) en ‘estado delicado'”. El paréntesis es mío. La noticia aquí y aquí.

Benedetti, de 88 años, ha ingresado en la misma clínica 4 veces en poco más de un año. Hace años ya que he perdido la inocencia en lo que respecta a la muerte, pero como siempre, nunca deja de sorprenderte, de cogerte desprevendio, y nunca, nunca, dejaremos de rechazar su advenimiento. Esto es lo que me pasa con Benedetti (además de con muchas otras personas que he visto desaparecer los últimos años), me resisto a pensar que hayan muerto o que puedan llegar a morir. Simplemente lo niego. En mi fuero interior no lo están mientras yo no lo quiera así.

Benedetti en la ciudad vieja de Montevideo. Autor: Eduardo Longoni. Fuente: ElClarin.com

Benedetti en la ciudad vieja de Montevideo. Autor: Eduardo Longoni. Fuente: ElClarin.com

Soy muy consciente de que Benedetti está muy mayor, está muy delicado de salud, y no sólo acaba de ver como se le ha ido una de sus compañeras de generación (la poetisa uruguaya Idea Vilariño murió a los 89 años el mismo 28 de abril, dato que puede afectar a su estado de salud, según los médicos que le atienden), sino que hace no mucho vio como se le iba de entre las manos su amada esposa Luz, a la que le dedicó todos sus libros de poesía. Aquí una entrevista que da fe de ello: el poeta del exilio. Entrevista por cierto tristísima, al principio y pensando mal, parece que el entrevistador va buscando reflejar más el morbo de la soledad del ancianito desvalido que su lucha por levantar el ánimo en momentos tan difíciles. La leí hace años y me impresionó tanto que no se me ha olvidado la imagen tan dura que vi reflejada en la escena de la fotografía de los matrimonios.

En fin, soy muy consciente de que no vivirá eternamente, pero una parte de mí sabe que el hecho de que muera o no da igual, no tiene importancia alguna. Benedetti para mí ya ha trascendido lo físico, lo natural, lo terrenal para instalarse cómodamente en una especie de Parnaso intocable. Es una deidad sonriente, sentada en un sillón con un gran vaso de whisky con hielo y un pequeño libro sobre las rodillas, esperando que alguien venga a sentarse junto a él para conversar distendidamente. Lo he visto tantas veces reflejado en todo aquello que ha escrito que ya forma parte de mí. De hecho considero que es el escritor que más me ha influenciado, no obstante lo descubrí en plena adolescencia (en torno a los 15 o 16 años, como todos más o menos) y desde entonces no he dejado de devorar todo aquello escrito por el abuelito sonriente que se me ha puesto por delante. He ido creciendo con su fina ironía, con la dulzura con la que expresa sus sentimientos, con sus principios inquebrantables (proeza meritoria para los tiempos que corren), con la rotunda brillantez de sus finales (siempre sabiendo que te la va a jugar en la última línea) o con la sencillez de sus versos. Puedo afirmar sin temor que yo no sería quién y cómo soy si un día no hubiera cogido un viejo libro de cuentos de Benedetti que había regalado un periódico murciano meses antes y que estaba tirado por la casa. Le debo mucho al que considero mi tercer abuelo.

En estos momentos delicados, además de mantener la respiración y cruzar los dedos, los buenos samaritanos suelen clamar al cielo con sus rezos pidiendo pronta recuperación para el enfermo. Benedetti, que es muy amable, bienhumorado y agradecido, no desdeñaría unos cuantos padresnuestros. Pero siendo ateo, me parece que le debe de dar más regocijo la iniciativa de Pilar de Río, ilustre traductora granadina, esposa del Nobel José Saramago: leer un poema suyo en su honor.

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Abril, Verano, y los agravios de un traductor (2)

24 febrero 2009

Continuación de Abril, Verano, y los agravios de un traductor (1).

abettegaAl par de días recibí un cuento llamado Verão (Verano), de un tal Amílcar Bettega Barbosa… en ese momento, un total desconocido para mí. A la hora de traducir, siempre que se tenga tiempo, es bueno documentarse un poco sobre las fuentes y sus autores, así que busqué información del autor por internet. Aquí es cuando empecé a ser consciente de lo que la providencia había colocado en mis manos. Resulta que el cuento que yo tenía que traducir formaba parte de un libro de relatos, Os lados do círculo (Los lados del círculo), que en 2005 le había reportado a Amílcar Bettega el Premio Portugal Telecom de Literatura, el premio literario en lengua portuguesa más importante del mundo. Sensación de vértigo. Seguí buscando y descubrí que este escritor nacido en Río Grande do Sul y afincado en París era uno de los numerosos nuevos valores de la literatura brasileña y que destacaba por abrirse un hueco en el mundillo con un estilo propio. Más vértigo. Entonces me leí tres o cuatro entrevistas que le hicieron a raíz del premio. Había un rasgo en común en todas ellas: cuando le preguntaban por su estilo y sus influencias, siempre salía a relucir el realismo fantástico y, sobre todo, un nombre mítico, mágico e importantísimo para mí: Julio Cortázar. En ese momento el vértigo desapareció y lo reemplazó la seguridad de que este trabajo iba a ser una experiencia única, placentera y memorable para mí. Y así fue. Tocaba relajarse y disfrutar, así que me dispuse, ahora sí, a leer el texto.

A primera vista, me llamó muchísimo la atención la estructura del cuento: comenzaba con dos columnas que contaban historias diferentes (paralelas, concretamente). Luego en la segunda parte las columnas parecían fusionarse, había abundantes diálogos y culminaba con una especie de mapa o esquema que al principio no entendí bien. Al final, la estructura volvía a la “normalidad” y acababa con unos párrafos como si nada de lo que había visto hubiera pasado. Después de sobrevolar el texto de esa manera, y aprovechando la valiosa soledad del momento, me zambullí en él con la inocencia de un niño.

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