Para no olvidar (Viva la memoria)

16 febrero 2010

Hoy justo hace un año que supe que por fin era licenciado. Un nuevo licenciado en paro. Un año. Y un año y dos días desde que decidí abrir este blog. Lo abrí como una manera oculta de forzar la noticia, pensaba en abrirlo si aprobaba, pero como la noticia se demoraba y lo daba por seguro, decidí comenzar a escribir y que el resto llegara solo.

Un año. Miro para atrás y es como si hubiera pasado una década. Y si miro un poco más para atrás, dos o tres años, es como si hubiera pasado media vida. Es lo que tienen los tiempos modernos, si uno se lo propone, se viven tantas cosas, se ven tantos lugares, se saben de tantas noticias, se conocen tantas personas, que una pobre mente humana que pretenda llevar ese ritmo sin inmutarse acaba por marearse y sumida en una especie de Triángulo de las Bermudas mental, en el que los recuerdos desaparecen por sorpresa sin uno darse cuenta, y un día se los encuentra mezclados y confusos entre las algas y la arena de las profundidades de la memoria, y es difícil y costoso rescatarlos. Por eso es tan buena la memoria. Por eso escribo, para no olvidar.

Leí hace unos meses unas declaraciones de Pep Guardiola, ese filósofo y entrenador del mejor Barça de la historia,  cuyas palabras casi siempre pueden ser aplicadas a la vida de las personas, y en las que decía algo así como “los equipos grandes no tienen memoria”, que puede tener muy diversas y dispares lecturas. Yo quiero interpretarlo más bien como que los equipos (y las personas de espíritu) grandes tienen una memoria selectiva. Hay que tener memoria y recordar todo por lo que uno ha pasado para ir aprendiendo, para saber de dónde venimos, para tomar consciencia de nuestra experiencia, para saber ver las cosas con cierta perspectiva.  Hay gente que prefiere tirar los recuerdos de épocas pasadas a la basura simplemente porque el final de alguna historia ha sido malo. Es una triste costumbre muy habitual entre la gente de mi edad. El carpe diem entendido erróneamente. Yo prefiero, aunque me traiga mil quebraderos de cabeza, poder recordarlo todo, o al menos lo más importante, sea bueno o malo, porque eso, para bien y para mal, me ha forjado tal y como soy hoy. Exactamente así, soy así por todas y cada una de las pequeñas cosas con las que me he cruzado en mi vida, y por supuesto, en los últimos años. Lo bueno que me ha pasado, pero sobre todo, lo “malo”.

Lo “malo” hace que nuestros mecanismos de defensa se pongan en marcha, los que nos van haciendo cada vez más corazón coraza. Tanto, que ni siquiera nos dejen ver cuándo tenemos algo realmente bueno delante.  Sin embargo, los cambios más importantes que se han imprimido en mi personalidad han sido a raíz de malas expereriencias en un principio. Solo en un principio, porque de toda mala experiencia, absolutamente de toda, se puede extraer si no una lectura positiva, al menos algún matiz o enseñanza que nos sirva para un futuro, o para ver en el presente como gracias a nuestra experiencia hemos sobrevivido a una u otra situación. Siempre en toda situación, una vez superada, uno puede estar orgulloso de sí mismo y saberse más sabio y fuerte, sobre todo si lo ha intentado con buen corazón -cosa que, por otro lado, hoy en día no suele ocurrir, todo es por algún tipo de interés y la envidia, amigos, es muy grande-. Así soy, así me va. Pero si soy feliz así, qué le vamos a hacer.

Lo dicho, es sencillamente asombroso todo lo que puede suceder en un año, la manera tan radical como pueden cambiar las cosas y la cara de gil que se te puede quedar al no verlas venir. Creerte preparado para ciertas cosas y de repente saberte superado por las circunstancias, y consciente de que muchas cosas sólo las cura el tiempo y la distancia.

Una de las cosas que he aprendido los últimos meses tiene que ver precisamente con el tiempo y la distancia: los viajes. Yo siempre he tenido una cierta ansiedad por irme fuera, lejos, pasar incluso épocas aislado. Mucha necesidad de estar solo y de descubrir cosas por mí mismo. Pero parece que la edad tampoco perdona y me empiezo a hacer viejo -cosa que, como decía más arriba, puede ser positiva-. Ahora veo lo de viajar de forma distinta. Ante las vacaciones de invierno escolares en Francia planée un Magical Mistery Tour en el que viajar a lo loco a mil lugares. Al final de estas vacaciones, habré pasadotres semanas en tres ciudades, pero lo más importante, con viejos amigos con los que hacía mucho tiempo que no pasaba días enteros disfrutando simplemente de su compañía. Viajar no tiene que ser sólo una respuesta febril hormonada a las ansias de volar y la sensación de mareo que da tanto movimiento. Llega un momento -y parece que a mí me ha llegado, por lo menos por ahora- en el que valoras el bienestar que te produce el reencuentro con personas ya conocidas, como una manera velada un tanto infantil de ir en busca del tiempo perdido, como un Peter Pan de los buenos tiempos, de reconocer a tu yo de hace unos años en ellos.

Y lo más divertido y positivo es que nunca te acabas de reconocer del todo, porque ellos han cambiado, sus vidas han cambiado, las ciudades cambian, y tú, sobre todo tú, has cambiado. Para mí, casi siempre, todo cambio es una evolución, y toda evolución es positiva. Es horrible y aburrido ser, pensar o sentir de la misma manera. Yo nunca entendí, desde bien pequeño, ese mensaje estúpido que nos venden sobre todo en la publicidad de “nunca cambies, eres muy guay, tío” -dicho con acento de triunfito para hacerlo más creíble-. ¿Cómo que nunca cambies? ¡Cambia por favor! Evoluciona, vive, sufre, llora, ríe, mira para atrás y date cuenta de lo rabiosamente afortunado que eres simplemente por poder estar escribiendo o leyendo esto, y haz cada día algo para mejorarte a tí mismo. Esto no es ni filosofía barata ni ningún tipo de sermón, es una especie de celebración de algún tipo de consciencia que me asiste estos días de calma lluviosa en Liverpool.

Aquí estoy, tantos años soñando con venir aquí y por fin estoy aquí. La ciudad de los Beatles, la principal razón por la que yo comencé a aprender inglés: porque quería saber qué estaban diciendo esos tipos melenudos y extraños, esos gurús de música hipnótica. Cuando todavía no tenía ni siquiera el primer vello de la barba ya estaba yo con mi diccionario inglés-español enorme sobre las piernas, traduciendo todas y cada una de las canciones de los Beatles. Y la música se hizo carne, piedra, calles, personas y una ciudad que guarda mucho respeto a sus más ilustres embajadores, y que vende su recuerdo por doquier como viles mercaderes. Una bella ciudad, entrañable, acogedora, dura y fría, que se aprovecha, como es normal hoy en día, del trabajo y el recuerdo de aquellos cuatro inocentes músicos -por aquel entonces, que Sir McCartney es ahora de todo menos inocente-. Pero yo no estoy aquí sólo por ellos, vengo de visita, vengo para disfrutar de la compañía de personas que me conocen y me entienden. Como rezaba la dedicatoria anónima de un chico mexicano en la tumba de Julio Cortázar: “tú me hiciste entender que vivir era viajar y venir a visitarte”.

Y así, ir descubriéndome, descubriéndonos y sabernos distintos, más sabios, más viejos, más tranquilos, más felices, más melancólicos, mejores. Y para seguir conociendo gente hasta que no podamos más, y cuando sintamos por fin en paz y calmado nuestro pecho y nuestra voluntad de correr a ciegas -porque hay que viajar con los ojos bien abiertos para descubrir todo-, como dice la canción de los Beatles, encontrar el camino a casa, donde quiera que esté o la sintamos, pero que nos reconozcamos allí:  “once there was a way, to get back homeward”.

(BFachada: pequeña sorpresa musical en Liverpool. Bello)


Porque sueño, yo no lo estoy

14 julio 2009

Yo nunca he sido una persona que le diera demasiada importancia a lo que soñamos mientras dormimos (o dormitamos). Más que nada porque me resultaba muy complicado recordar lo que había soñado. Hasta hace no mucho tiempo para mí siempre había sido muy difícil retener las historias que pasaban por mi mente por las noches. A veces, al despertar, era consciente de que había soñado cosas sencillamente maravillosas, pero cinco minutos después, al levantarme de la cama y poner la cafetera, los recuerdos de esa vida oculta se escurrían de mi mente como los posos viejos del café por el desagüe de la cocina: limpiando mis cañerías interiores, dejando en la memoria un olorcito rico y familiar. Al cabo de unas horas, no hay ni rastro, porque la “vida real” sigue virtiendo de a poco su sustancia, y va arrastrándote continuamente.

Nunca llegué a hacer lo que tantas veces me han recomendado: dejar una libreta en la mesilla de noche y anotar, todavía con el velo del sueño aturdiéndote los ojos, todo lo que recuerdas del sueño. Nunca he sido capaz. Prefería disfrutar esos cinco minutos efímeros. Siempre había sido así. Los sueños vienen, habitan dentro de tí, y se van. Así.

Pero desde mi viaje a Brasil eso cambió. Ese viaje cambió muchas cosas en mí, que tal vez a simple vista para un observador externo pasan desapercibidas, pero hay cosas que te quedan, cosas que te llegan sin pedirlas y sin saber porqué, pero sabes que te hacen bien. Yo allí empecé a soñar muchísimo con mi infancia. Nunca en mi vida he tenido tantos recuerdos de mi infancia. Cosa que hasta ese momento de cierta manera me entristecía, porque no conseguía recordar demasiado de mi yo niño.

Los sueños sobre mi infancia se fueron haciendo más recurrentes hasta que regresé a España. Pocos días antes del regreso empecé a soñar con historias que podían parecer totalmente sin sentido, pero siempre cargadas de mucho simbolismo, tensión, pasión, situaciones extremas en las que yo siempre me encontraba en medio. Es extraño, pero era como si mi subconsciente me estuviera dando un aviso: “aquí has vuelto a encontrar tu esencia, toma esos recuerdos e hilvánalos con destreza para el futuro que viene”. Pero eso lo veo ahora. Entonces no.

Desviándonos un poco del tema, a mi vuelta al pueblo me he llevado una grata sorpresa: mi hermana tenía guardado sin saberlo mi acervo musical y cinematográfico: 3500 cd’s y 300 pelis (¿hay algún señor de la SGAYOLA en la sala?) que perdí hace meses debido a la triste defunción de mi disco duro, que le dió un síncope y ahora está en el limbo de los aparatos electrónicos, esperando a que algún día no muy lejano lo lleve a reparar.

Bueno, el caso es que sin más dilación me he propuesto devorar tantas y tantas películas que tenía pendientes. Hasta tal punto que he convencido a un grupito reducido para hacer pequeñas sesiones de cine en casa durante el verano.

La casualidad ha querido que vea tres películas seguidas que son unas obras maestras: Waking life (Despertando a la vida), Las invasiones bárbaras y Léolo. Además, dos de ellas canadienses (las dos últimas), y dos de ellas que tienen como leitmotiv el mundo de los sueños y su influencia en la “vida real” humana (Waking life y Léolo).

Canción de la preciosa Françoise Hardy que aparece en Las invasiones bárbaras, que le viene al dedillo a la película y que ilustra, fuera coñas, lo que en parte es la vida.

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