Momentos históricos de la radio

24 abril 2010

Dejo aquí una cosita que escribí para el IV Concurso de Microrrelatos organizado por Radio Onda Polígono, que se sintoniza en el 107.3 FM de Toledo. Se trataba de escribir un microrrelato con un tema relacionado con la radio, con una extensión máxima de 107 palabras (sin incluir el título). Leí las bases y me saltó esta idea a la cabeza, la escribí en quince minutos y lo mandé. No hubo suerte, ya habrá más la próxima vez. O no. Espero que les guste. Salud.

MOMENTOS HISTÓRICOS DE LA RADIO

Ni la S en Morse de Marconi, ni La Guerra de los Mundos de Orson Welles, ni el Llamamiento a la resistencia de Charles De Gaulle, ni el discurso de despedida de Salvador Allende en La Moneda, ni los pasos en la arena de Grandola Vila Morena la madrugada de los claveles. Es más, ni siquiera la primera vez que sonó Bohemian Rhapsody. Ningún momento de la historia de la radio es comparable con el que va a suceder en breves instantes: aprovechando que en la oficina la tienen siempre puesta, le dedico a Laura Y sin embargo, y le pido que se venga a vivir conmigo. 

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Rita, no es culpa de nadie

22 septiembre 2009

Dibujo de Juan Francisco Casas (técnica: boli bic)

Dibujo de Juan Francisco Casas (técnica: boli bic)

 JUAN FRANCISCO CASAS: Página web personal Algunos de sus poemas En la Wikipedia

 

Por pura casualidad, en apenas unos días han confluído en mi mente varias historias de amor que tienen bastante que ver las unas con las otras. Ese tipo de historias que seguramente todos habremos imaginado alguna vez. Historias de amor casi imposibles que perduran ocultas a los ojos de los mortales a través de toda una vida. Historias que sobreviven a buen recaudo en las ensoñaciones de los amados en febriles sueños desesperados, y que se acaban por resolver muchos años después, unas veces de manera más feliz que otras, pero siempre, con una indudable melancolía.

Historias como la de Celina y Lionel en el cuento Puentes como liebres de Benedetti, una pareja que se conoce y enamora en la adolescencia pero que no llega a darle curso al llamamiento de la sangre a la guerra de los cuerpos, con rocambolescos y variados encuentros fortuitos a lo largo de sus vidas. El cuento, que se puede leer aquí, se inicia con una afortunada cita de un poema de Pedro Salinas:

Iremos, yo, tus ojos y yo, mientras descansas, bajo los tersos párpados vacíos a cazar puentes, puentes como liebres, por los campos del tiempo que vivimos.

Pedro Salinas

O como me comentaba Adri la otra noche, la historia de amor en vaivén contínuo de 53 años, 7 meses y 11 días de Fermina Daza y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera de García Márquez.

Por no hablar del memorable y conmovedor relato de Juan José Millás El paraíso era un autobús, una auténtica obra de arte, y una muestra fehaciente de cómo las personas pueden llegar a plantar semillas en lo más profundo de nuestra intimidad, echando raíces los sentimientos dentro de nosotros prácticamente sin darnos cuenta.

Toda esta serie de historias me han llegado de repente, justo unos días después de rescatar un recorte de periódico de entre el basurero de Fraggle Rock en el que se ha convertido mi cuarto este verano. La página en cuestión se trata de la Zona Roja, una página dentro del suplemento estival Sinfín del diario La Opinión de Murcia. Esta página ha sido objeto de mi lectura siempre que el periódico ha caído en mis manos ya que rezumaba sensualidad y sexualidad femenina a partes iguales. Esto es debido a las dos pequeñas columnas que cada día la conformaban: “Sexo en verano” de Teresa Luengo, y “Las calores” de Cecilia López. La primera trataba las consultas sentimentales y sexuales de los lectores y la segunda se ha ido sacando de la chistera, como si llevara el guante de seda de Rita Hayworth, un brillante relato erótico diario.

Éste ha sido uno de mis favoritos, por eso lo recorté, lo guardé, y por eso lo coloco ahora aquí.

MENSAJE EN UNA BOTELLA, Cecilia López

Teresita me enviaba mensajes dentro de una botella de plástico de Coca-Cola desde su extremo de la piscina al mío. Seremos como Romeo y Julieta, me escribía, nadie podrá separarnos, nuestro amor será eterno, tendremos hijos y seremos felices para siempre. Como no sabía escribir todavía, yo le respondía soplando dentro de la botella y cerrando rápido el tapón para que no se escapara mi aliento y se la enviaba de vuelta. Este servicio de mensajería había que hacerlo de tapadillo porque la madre de Teresita no me quería como novio de su hija, que yo era pobre y ella rica.

En la frutería, Teresita me dejaba pequeños poemas de amor debajo de las manzanas, yo los veía preciosos con su letra regordeta e infantil, pero sólo los veía, no los entendía; que no sabía leer todavía; con gran riesgo para mi integridad y de la reputación de mi familia -como éramos pobres nadie se fiaba- robaba la manzana que había estado en contacto con su poesía y, sin morderla ni nada, para no afearla, aplicaba mis labios espetando un beso y se la dejaba a Teresita en el alféizar de su ventana para que supiera que la había recibido, y cuando se la comiera se comería mi beso y sentiría un gran sueño y caería desmayada y yo iría a despertarla con mi beso… pero eso nunca pasaba. Yo le escondía, entre las hojas de los periódicos del quiosquero, pétalos de flores que robaba de las macetas, para que Teresita las buscara y se hiciera ramos de rosas que no eran rosas y guirnaldas que no eran guirnaldas.

Teresita se marchó del barrio pobre a un barrio rico, creo que llovía. No volví a saber de ella, pero ayer, estando en la piscina con mis hijos, me llegó casi a las manos una botella de plástico de Coca-Cola con un mensaje dentro: seremos como Romeo y Julieta, esta vez sí, leí. Levanté la vista y a mi lado estaba Teresita echa una Teresona y yo le respondí: Y tendremos hijos y seremos felices para siempre. Cuando me acuesto con mi marido pienso en ti, me dijo Teresona, y se marchó por donde había venido, dejándome más pobre de lo que nunca había sido.


El principio de la disnea (o cosas en común)

24 mayo 2009

El polen que pulula por doquier en Granada cuando llega la primavera debería ser incluído como la octava plaga en futuras reediciones de la Biblia. Es algo que sólo se puede entender si se camina por sus calles, tupidas por una leve pero incómoda niebla de bolitas algodonadas que se cuelan por todo resquicio que encuentran a su paso. Los árboles que pueblan el monte donde se encuentra la Alhambra y que rodean y resguardan al monumento nazarí lanzan sin piedad ese cuerpo de paracaidismo níveo sobre la ciudad. Así nos recuerdan a los que en ella vivimos que el castillo rojo está vivo, respira y se defiende del uso que se le da. El sultán utiliza sus gramíneas para recordarnos que cada noche observa sus dominios desde la Torre de la Vela. Con su lluvia de polen blanco hace que la gente gire la cabeza pensando en la imponente presencia del gigante de ladrillo rojo. El olvido está lleno de memoria.

Las personas que caminan por el centro con una mascarilla al más puro estilo Michael Jackson son una legión. La alergia hace estragos en el tracto respiratorio de la población granadina, acentuando más si cabe la ya de por sí siempre latente malafollá autóctona.

Esta semana, después de tres noches seguidas casi sin poder dormir a causa de ataques nerviosos de tos causados por la alergia al polen granadino, me decidí por fin a ir a mi médica de cabecera. Al ver mi deplorable estado me enchufó casi media hora a una mascarilla que conectada a una bombona me proporcionaba O2 puro en grandes cantidades y rico salbutamol que abría mis bronquios como gaviotas en el viento marino.

La mesa de trabajo de Benedetti (con un inhalador a la derecha). Extraído del libro 'Poemas revelados' dedicado a Benedetti. Fuente: elmundo.es

La mesa de trabajo de Benedetti (con un inhalador a la derecha). Extraído del libro 'Poemas revelados' dedicado a Benedetti. Fuente: elmundo.es

Lo que me ha resultado más curioso, e incluso gracioso, es que me ha recetado un inhalador. Sí, un aparatito de esos que utilizan los asmáticos para aliviar sus males. Utilizándolo no puedo evitar sentirme un poco como Steve Urkel. Ya sólo falta que me ponga unas gafas “culo de vaso” y que los johnnys-garrulos me peguen por la calle para quitarme la merienda.

Pero como siempre hay que buscar el lado bueno e incluso mágico de las cosas, tampoco he podido evitar pensar que por fin tengo algo realmente tangible en común con mi bienamado Benedetti. Él padecía desde los 25 años un asma crónico que le acompañó toda su vida, por lo que siempre llevaba a mano un inhalador.

De hecho, he reparado que mi primera noche de “fenómenos asmatiformes” fue la misma noche en la que Benedetti exhalaba su último aliento sin yo saberlo, inconsciente en mi cama. Pareciera como si ese último grito de vida ahogado hubiera atravesado ese océano Atlántico que tantas veces cruzó Benedetti, y se hubiera colado por el resquicio de mi ventana, entrando bífidamente  por mi boca y cayendo hasta mis pulmones para hacerlos un puño y estrangularme la garganta. Esa fue sin duda la señal en clave que Benetti utilizó para hacerme saber que ya nunca podré conocerlo en persona. Y para ello me ha traspasado durante un tiempo sus ataques de asfixia. Muy bonito. Tal vez hubiera preferido una carta, una nota estratégicamente introducida en un libro o una pista a descubrir. Pero si mi flamante y pasajero asma proviene de Benedetti, lo tomo con cariño como un regalo realmente simbólico.

Aunque, ya puestos, bien me hubiera podido pasar sus dotes literarias. Está claro que todo se pega menos la belleza. 

Precioso cuadro realizado por la pintora oriolana Verónica Ruiz García (su blog, en la barra derecha de este blog) un día después de la muerte de Benedetti

 Precioso cuadro realizado por la pintora oriolana Verónica Ruiz García (su blog ‘Algo sucede, nada vuelve a ser lo mismo…’, en la barra derecha de este blog) un día después de la muerte de Benedetti.

Aquí dejo un cuento de Benedetti donde relata con fina ironía sus penurias alérgicas:
EL FIN DE LA DISNEA – MARIO BENEDETTI
(Incluido en ‘La muerte y otras sorpresas’, 1968)

Aparte de sus famas centrales y discutibles (fútbol, parrillada, llamadas del Barrio Palermo), Montevideo incluye otra anexa celebridad, ésta sí indiscutible: posee el récord latinoamericano de asmáticos. Por supuesto, ya no cabe decir posee sino poseía. Justamente, es ese tránsito del presente al pretérito imperfecto lo que aquí me propongo relatar.

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