Porque sueño, yo no lo estoy

14 julio 2009

Yo nunca he sido una persona que le diera demasiada importancia a lo que soñamos mientras dormimos (o dormitamos). Más que nada porque me resultaba muy complicado recordar lo que había soñado. Hasta hace no mucho tiempo para mí siempre había sido muy difícil retener las historias que pasaban por mi mente por las noches. A veces, al despertar, era consciente de que había soñado cosas sencillamente maravillosas, pero cinco minutos después, al levantarme de la cama y poner la cafetera, los recuerdos de esa vida oculta se escurrían de mi mente como los posos viejos del café por el desagüe de la cocina: limpiando mis cañerías interiores, dejando en la memoria un olorcito rico y familiar. Al cabo de unas horas, no hay ni rastro, porque la “vida real” sigue virtiendo de a poco su sustancia, y va arrastrándote continuamente.

Nunca llegué a hacer lo que tantas veces me han recomendado: dejar una libreta en la mesilla de noche y anotar, todavía con el velo del sueño aturdiéndote los ojos, todo lo que recuerdas del sueño. Nunca he sido capaz. Prefería disfrutar esos cinco minutos efímeros. Siempre había sido así. Los sueños vienen, habitan dentro de tí, y se van. Así.

Pero desde mi viaje a Brasil eso cambió. Ese viaje cambió muchas cosas en mí, que tal vez a simple vista para un observador externo pasan desapercibidas, pero hay cosas que te quedan, cosas que te llegan sin pedirlas y sin saber porqué, pero sabes que te hacen bien. Yo allí empecé a soñar muchísimo con mi infancia. Nunca en mi vida he tenido tantos recuerdos de mi infancia. Cosa que hasta ese momento de cierta manera me entristecía, porque no conseguía recordar demasiado de mi yo niño.

Los sueños sobre mi infancia se fueron haciendo más recurrentes hasta que regresé a España. Pocos días antes del regreso empecé a soñar con historias que podían parecer totalmente sin sentido, pero siempre cargadas de mucho simbolismo, tensión, pasión, situaciones extremas en las que yo siempre me encontraba en medio. Es extraño, pero era como si mi subconsciente me estuviera dando un aviso: “aquí has vuelto a encontrar tu esencia, toma esos recuerdos e hilvánalos con destreza para el futuro que viene”. Pero eso lo veo ahora. Entonces no.

Desviándonos un poco del tema, a mi vuelta al pueblo me he llevado una grata sorpresa: mi hermana tenía guardado sin saberlo mi acervo musical y cinematográfico: 3500 cd’s y 300 pelis (¿hay algún señor de la SGAYOLA en la sala?) que perdí hace meses debido a la triste defunción de mi disco duro, que le dió un síncope y ahora está en el limbo de los aparatos electrónicos, esperando a que algún día no muy lejano lo lleve a reparar.

Bueno, el caso es que sin más dilación me he propuesto devorar tantas y tantas películas que tenía pendientes. Hasta tal punto que he convencido a un grupito reducido para hacer pequeñas sesiones de cine en casa durante el verano.

La casualidad ha querido que vea tres películas seguidas que son unas obras maestras: Waking life (Despertando a la vida), Las invasiones bárbaras y Léolo. Además, dos de ellas canadienses (las dos últimas), y dos de ellas que tienen como leitmotiv el mundo de los sueños y su influencia en la “vida real” humana (Waking life y Léolo).

Canción de la preciosa Françoise Hardy que aparece en Las invasiones bárbaras, que le viene al dedillo a la película y que ilustra, fuera coñas, lo que en parte es la vida.

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El lenguaje cinematográfico de mis sueños

3 marzo 2009

El stop motion es una técnica de animación que consiste en aparentar el movimiento de objetos estáticos capturando fotografías. Es esa técnica tan resultona que hace que juguetes, muñecos de plastilina (claymotion) u objetos inertes cobren vida por arte de magia. Esta aparentemente rústica manera de hacer cine siempre me ha provocado una profunda curiosidad. Cada vez que veo un vídeo o una serie de fotografías de estudio del movimiento, me quedo embelesado, y siempre me hace dudar sobre la vida secreta de los objetos que nos rodean.

El primero que experimentó con esta técnica (no es exactamente lo mismo, pero el resultado es muy similar) fue el británico nacionalizado estadounidense Eadweard Muybridge, a finales del siglo XIX. Con su serie de fotografías sobre el estudio del movimiento animal y humano revolucionó la cronofotografía y puso los pilares para el cinematógrafo. Aquí tenéis su interesantísima biografía (merece la pena leerla) y un vídeo recopilatorio de sus estudios:

Me he dado cuenta, haciendo un repaso a la música que me ha marcado últimamente y buscando sus respectivos videoclips, que muchos de ellos utilizan esta técnica. Y la verdad es que me ha intrigado. Como decía más arriba, este tipo de animación siempre me ha atraído sobremanera, deben ser mis ansias secretas de que toda la casa se ponga a bailar cuando yo me voy a dormir, o de descubrir la vida secreta de los objetos, o de nosotros mismos. Hay que moverse hasta cuando se está parado. Si no es con los pies, por lo menos con la imaginación. 

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